jueves, 8 de octubre de 2009

El tercer hombre




El Tercer Hombre es una película muy recomendable, inteligente, inquietante y elegante que obliga a estar atento a todos los detalles. Es también muy entretenida, por lo que a pesar de sus numerosos valores cinematográficos y artísticos, no hace falta ser un cinéfilo exigente para poder disfrutarla.

Es una leyenda del cine, elegida en 1999 como la mejor aportación británica a la historia del cine. Fue premiada con el Gran Premio del Festival Internacional de Cannes en 1949, también del premio a la Mejor Película de la Academia Británica de Cine y ganadora del Oscar a la Mejor Fotografía.

La película, estrenada en 1949, se planteaba como una producción europea que buscaba competir con las norteamericanas con sus mismas armas. A pesar de tener elementos muy europeos, es inconfundible el clásico estilo norteamericano, mezclando algunos géneros, como el cine negro y el drama romántico. El resultado final fue un éxito en toda la regla.

La película nos presenta una Viena destruida por la Segunda Guerra Mundial, donde cuatro países: Inglaterra, Francia, EEUU y URSS, controlan la ciudad caóticamente. En ella los estafadores, contrabandistas y hombres sin escrúpulos son los que realmente controlan la ciudad. En este contexto sucede la trama del largometraje:
Holly Martins (Joseph Cotten) llega a Viena durante la posguerra, ha ido para escribir sobre su viejo amigo Harry Lime (Orson Wells), dedicado a la venta de medicinas. Una vez llega se encuentra que su amigo ha muerto, y que es acusado por la policía por ciertos crímenes. Decide quedarse para investigar y limpiar el nombre de su amigo. Investigando conocerá y se enamorara de la novia de Harry (Alida Valli) y descubrirá cosas de su amigo que desconocía.




La película basada en un guión de Graham Greene y dirigida por Carol Reed, supone el único gran éxito comercial de Wells en vida. Los actores, el siempre eficiente Joseph Cotten, una increíble Alida Valli y un Orson Wells que llena la pantalla de fuerza con su sola presencia.
Por último la inolvidable y sencilla música de Anton Karas, que resulta inevitable dejar de canturrear después de escucharla durante todo el film.

Os dejo con una escena maestra ¡No podéis dejar de ver la película!

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